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¿SOMOS TODOS ENFERMOS MENTALES?



̈Cuanto más globalizados son los ideales de la civilización (...), más se propondrá una norma para todos en un utilitarismo sin límites, más nos hará falta recordar que todo el mundo está loco ̈ (Laurent, 2000)

A finales del siglo XVI y comienzos del siglo XVII, la noción de enfermedad mental fue entendida desde el orden público. La locura se convirtió en un fenómeno abominable para la sociedad, considerándola amenazante para sus ciudadanos/as. Ésta pasó a ser objeto de castigo y expulsión dentro de un mundo de ̈normales ̈, adentrándose así al dominio de lo policial: el enfermo mental se transformó en el enemigo potencial de quien la sociedad debía ser defendida (Castro, 2013, p.98).


En el siglo XIX, con el advenimiento del discurso médico, la locura pasa a ser considerada un tema de salud mental. Sin embargo, pese a que existió esta transición de lo policiaco a lo médico, en la actualidad se puede evidenciar que esto no supuso el cambio absoluto de la concepción que se tiene sobre la enfermedad mental, ni la modificación de los dispositivos de su tratamiento (Pérez, 2010, p.10).


En el fondo, la finalidad de los mismos continúa siendo la de tener seres humanos capaces de comportarse de acuerdo a la norma y de trabajar productiva y fructíferamente para contribuir a la comunidad (Castro, 2013, p.98), aspectos que hoy en día son tomados en cuenta por una de las conceptualizaciones con más acogida de salud mental: la formulada por la Organización Mundial de la Salud (OMS).


Ecuador es uno de los países que ha incorporado esta noción para la realización de planes, políticas públicas, programas y estrategias de salud mental. Dada la importancia que ha tenido este concepto de salud mental en el contexto ecuatoriano, se ha considerado fundamental proponer un cuestionamiento en torno al mismo.


La reflexión que se pretende realizar, propone el entendimiento de la salud mental como aquella noción en la que se han articulado distintos puntos de inflexión. Para identificarlos es pertinente tener en cuenta que de acuerdo con la OMS, la salud mental es definida como un “estado de bienestar en el cual el individuo se da cuenta de sus propias aptitudes, puede afrontar las presiones normales de la vida, puede trabajar productiva y fructíferamente, y es capaz de hacer una contribución a su comunidad” (2004, p.14).


A partir de esta conceptualización, se puede identificar que la salud mental implícitamente da cabida a las dicotomías de salud-enfermedad y normal-anormal. En este sentido, los profesionales tienen la tarea de identificar aquellos individuos que están fuera de la construcción de salud, y lo hacen a través de mecanismos diagnósticos. Precisamente esta necesidad de categorización es uno de los más fuertes puntos de inflexión, puesto que se corre el riesgo de que las personas incorporen la etiqueta diagnóstica a su identidad (Restrepo, 2012, p.202).


Por esta razón se puede entender a la acción de diagnosticar, como un acto performativo en el que se transforma al sujeto en otro respecto de quien era antes (Braunstein, 2013, p. 50). Es fundamental tomar en cuenta que la mayoría de veces, las etiquetas tienen un efecto estigmatizante en la persona, que lo termina excluyendo de la sociedad; el diagnóstico puede ser experimentado como una sentencia.


En relación a lo mencionado anteriormente, esta idea de salud mental, fortalece la idea de que una persona es sana si puede cumplir con las exigencias de la sociedad (Castro, 2013, 80). Cuando en realidad, el verdadero cuestionamiento debería estar enfocado a repensar una noción de salud mental, que no convierta por defecto a personas en enfermas cuando no puedan cumplir con las demandas sociales. En este punto, podemos darnos cuenta de cómo este entendimiento de salud mental puede resultar como una nocivo y excluyente hacia la diversidad humana e intolerante hacia las diferencias que ésta supone.


Otro de los efectos a cuestionar es que el abordaje de la salud mental pretende la universalización de procesos que funcionen para todos/as. Esto se traduce en la anulación de la diversidad y singularidad de los sujetos, así como la posibilidad de que puedan enunciar y tener voz acerca de su padecimiento (Castro, 2013, p.81). Al dejar de lado el componente subjetivo en la intervención, lo más probable es que las acciones que se emprendan no den los resultados esperados. Esta premisa puede ser ilustrada en el campo de la prevención en salud mental.


Se ha evidenciado que las estrategias para prevenir el embarazo adolescente, el consumo de sustancias, la violencia, entre otros, no dan el resultado esperado, porque se deja de lado la subjetividad de la persona, estandarizando la intervención a toda una comunidad en donde hay miles de realidades distintas (Castro, 2013, p.81). Cabe mencionar, que este cuestionamiento no niega la necesidad de dichas estrategias, más las considera reduccionistas en el sentido en que se está interviniendo directamente en el síntoma y no se toma en cuenta a todas aquellas variables anidadas a la complejidad de la problemática.


Se puede concluir, que las prácticas en salud mental se ven en la necesidad imperante de volcar su foco de atención en la singularidad y subjetividad de los sujetos. Caso contrario se cae en el riesgo de la búsqueda de un anhelado diagnóstico, de la exclusión de personas de la sociedad, y de la intervención desde una perspectiva universal en donde se piense que todos responden a una misma intervención. Por lo tanto, es fundamental que se desarrolle una visión inclusiva que deje de lado aquellas concepciones antiguas en las que los ̈normales ̈ debían ser protegidos de los enfermos mentales porque se comportan distinto o en las que la productividad y la contribución a la comunidad pesaba más que considerar a una persona como parte de la sociedad.








Referencias

Braunstein, A. (2013). Clasificar en Psiquiatr a. El dispositivo de la salud mental. México: Editorial Siglo XXI


Castro, X. (2013). Salud mental sin sujeto. Sobre la expulsión de la subjetividad de las prácticas actuales en salud mental. CS Ciencias Sociales, (11), 75-114,467-468. Retrieved from https://search-proquest- com.bibliotecavirtual.udla.edu.ec/docview/1428282012mmm?accountid=3319 4


Laurent, E. (2000). Psicoanálisis y salud mental. Buenos Aires, Argentina: Tres Haches.

Ministerio de Salud Pública (2016). Guía de salud mental comunitaria. Quito: Servicios de la Red de Salud Comunitaria, pp.3-44.


Restrepo, D. A. O., & Jaramillo, J. C. E. (2012). Concepciones de salud mental en el campo de la salud pública. Revista De La Facultad Nacional De Salud Pública, mmm30(2), 202-211. Retrieved from https://search- proquestcom.bibliotecavirtual.udla.edu.ec/docview/1648855071mmm?accountid=3319 4


Organización Mundial de la Salud (2004). Promoción de la salud mental: Conceptos, evidencia emergente y práctica. (2004) Informe compendiado. Departamento de salud mental y abuso de sustancias de la OMS: Organización Mundial de la Salud, Fundación Victorian para la promoción de la salud y la Universidad de Melbourne.

Pérez, J.F. (2010). Acerca del concepto de salud mental. En: Ruiz L., Adolfo. El silencio de los síntomas: la salud mental. Serie Cursos Introductorios No. 3. Medellín: Ed. NEL-Medellín.

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