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  • Roberto Eguiguren

CRIMINALES DE ROSARIO Y SOTANA

Actualizado: 26 de may de 2018

Las últimas revelaciones de abusos a menores por miembros de la iglesia católica en Ecuador confirman, una vez más, la existencia de un patrón sistemático de abusos y encubrimiento institucional. Frente a esto y el resto de escándalos a nivel mundial, ya no se puede seguir evitando una realidad cada vez más evidente: la actuación de la iglesia constituye ya un crimen de lesa humanidad.

Monseñor Luis Gerardo Cabrera y otros miembros de la Arquidiócesis de Guayaquil en una rueda de prensa después de conocerse los abusos del Padre Luis Fernando Intriago

Estas cosas has hecho

y yo he guardado silencio

pensaste que yo era tal como tú

pero te reprenderé

y delante de tus ojos expondré tus delitos.

Salmos 50:21


Después de las experiencias vividas en decenas de países en el mundo, era solo cuestión de tiempo para que nos tocará por fin el turno a los ecuatorianos: el momento en el cual como sociedad empecemos a despertar y entender que aquella institución a la que suponíamos le debía solo respeto y admiración, es en realidad la encubridora de abusos sexuales más grande del mundo.


Además del escándalo de la renuncia de los 34 obispos de Chile por su papel en el encubrimiento institucional de abusos sexuales en ese país, durante estas semanas, en Guayaquil y Cuenca han aparecido denuncias de una multiplicidad de víctimas que relatan los abusos sufridos por parte de miembros de la iglesia católica. No son los primeros relatos de sobrevivientes en Latinoamérica y ni siquiera son los primeros casos ecuatorianos[1], sin embargo, parece que estas nuevas revelaciones podrían por fin tener el efecto de quitar la somnolencia de los ecuatorianos respecto a la actuación de la iglesia en estos casos. No es verdad que se trate de unas pocas manzanas podridas u ovejas descarriadas, son demasiadas víctimas en demasiadas partes del mundo como para pretender que se trata tan solo de curas criminales que dañan el nombre de una institución impoluta. La realidad es que la iglesia católica ha dedicado sus vastos recursos no a proteger a los niños que han sufrido el abuso sino a proteger a la institución mediante un complejo andamiaje institucional que tenia un solo objetivo: garantizar la impunidad de los abusadores.


Los mecanismos utilizados para proteger a los abusadores han sido ya ampliamente descritos (Al respecto, recomiendo el artículo Sacramentar el Abuso de Juan Pablo Albán). Sin embargo, existe una cuestión que ha rondado mi cabeza desde que las primeras investigaciones de los abusos del cura Intriago salieron a la luz que, creo, debería plantearse con absoluta seriedad: ¿constituye la actuación de la iglesia un crimen de lesa humanidad? Si bien la pregunta puede resultar chocante para la idiosincrasia ecuatoriana, en las siguientes líneas intentaré demostrar que no es en absoluto exagerada y que, en realidad, existen amplios fundamentos para sostener una respuesta afirmativa. Creo que vale puntualizar que no pretendo atacar a la iglesia puesto que mis sentimientos personales hacia la institución son irrelevantes, lo único que pretendo es realizar un análisis estrictamente fáctico y jurídico como se realizaría con cualquier otra institución sobre la que pesaran denuncias de esta magnitud. Si aun así le ofende lo que lee le doy dos alternativas: 1) no lo lea o, 2) pregúntese seriamente por qué le ofende más que se hable “mal” de la iglesia que el daño que la actuación de la iglesia generó en decenas de miles de niños en todo el mundo.


Ahora, volviendo a la pregunta, es la actuación de la iglesia un crimen contra la humanidad? Para responderlo hay que primero entender que implica exactamente el cometimiento de este crimen. La categoría de crímenes de lesa humanidad esta reservada para los actos más graves que se puede cometer contra un grupo de personas, que atentan contra la dignidad misma del ser humano y, por lo tanto, ofenden a la sociedad humana en su totalidad. A partir de su entrada en vigencia en 2002, los crímenes de lesa humanidad están tipificados en el artículo 7 del Estatuto de Roma, que establece: se entenderá por “crimen de lesa humanidad” cualquiera de los actos siguientes cuando se cometa como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque” a continuación, el artículo enumera una serie de actos constitutivos de este crimen, entre los que se encuentran: f) Tortura; y, g) Violación, esclavitud sexual, prostitución forzada, embarazo forzado, esterilización forzada o cualquier otra forma de violencia sexual de gravedad comparable.


No creo que queda duda que el abuso sexual y violación a niños y adolescentes evidentemente se encuadra dentro de los actos que pueden constituir crímenes de lesa humanidad, sin embargo, lo que diferencia a esta categoría de un crimen individual, es que debe ser parte de un “un ataque generalizado o sistemático contra una población civil.” Por lo tanto, para que se pueda hablar de un crimen de lesa humanidad es necesario que la practica de la iglesia corresponda a uno de estos elementos: haya sido generalizada o sistemática.

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El término generalizado implica un carácter masivo de víctimas, según la Corte Penal Internacional, ésta implica “una gran escala de ataques, los cuales deben ser masivos, frecuentes, llevados a cabo colectivamente de gravedad considerable y dirigidos contra una multiplicidad de víctimas. Esto implica un ataque llevado a cabo sobre una gran área geográfica o un ataque en una pequeña área, pero dirigida contra un gran número de civiles”[2]. Respecto al abuso dentro de la iglesia, aun no existe información exacta del número real de víctimas (esta falta de información no es accidental sino resultado de los esfuerzos de la iglesia para oscurecer el numero real de víctimas), pero, al menos, se conoce de miles de casos en Irlanda, España, Alemania, Holanda, Brasil, Canadá, México, Polonia y se han reportado cientos de casos en al menos una docena más de países, incluyendo el Ecuador.


La edición del periódico Boston Globe del 6 de enero de 2002 que destapo el escándalo de encubrimiento de abusos sexuales en Boston, EEUU.

Por ejemplo, el año anterior, el informe de una Comisión creada para investigar los abusos en Australia, identificó al menos 4.500 víctimas solo en ese país[3], en Alemania se han recibido más de 3.000 denuncias[4]. Un estudio comisionado por la United States Conference of Catholic Bishops (Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos) encontró que entre 1950 y 2002, solo en Estados Unidos existía evidencia de 4,392 clérigos acusados de abusos sexuales con, al menos, 10,667 víctimas denunciando los abusos[5]. El estudio concluyó que, en todas las diócesis que analizó, el número de abusadores en relación al total de clérigos era, en promedio, 4%. Si tomamos esa cifra y la contrastamos con el numero total de clérigos que existen en el mundo (466,215 en 2015[6]) podemos comenzar a comprender la magnitud de víctimas que han existido a nivel mundial, especialmente considerando, por lo general, existirá más de una víctima por abusador (en ciertos casos serán mucho más, como los 130 niños abusados por John Geoghan en Boston o las 200 víctimas de Lawrence Murphy en Wisconsin). Estas cifras permiten comprender hasta cierto punto la magnitud de las violaciones, pero las mismas son limitadas debido a la falta de investigaciones serias a las denuncias, el encubrimiento institucionalizado desde la iglesia y el miedo de las víctimas a contar lo sucedido. Tomando en cuenta todos estos factores, es razonable pensar que el número real de víctimas debe ser mucho mayor.


Frente a este número masivo de víctimas, parece lógico concluir que las violaciones se cometieron de manera generalizada. Sin embargo, se ha intentado sostener que la práctica no es generalizada debido a la gran dispersión geográfica de los casos, al haber estos ocurrido en distintos lugares del mundo. Este argumento no tiene asidero legal puesto que no existe limitación alguna a este respecto en la definición del crimen de lesa humanidad del Estatuto de Roma. En cualquier caso, el hecho de que se pueda hablar de una magnitud global del problema, no parece un argumento apropiado para negar la generalidad de estas prácticas, sino todo lo contrario, evidencia que nos encontramos frente a un caso como ningún otro, donde solo el respaldo institucional de la organización detrás de los pederastas podía hacer posible la persistencia de esta práctica.


§


Por otra parte, el término sistemático implica que “dichas conductas han sido cometidas de conformidad con la política de un Estado o de una organización de cometer ese ataque o para promover esa política.” El mismo hace referencia al carácter organizado de los actos de violencia y a la improbabilidad de que su ocurrencia se pueda dar de forma aleatoria.[7] Si bien es claro que las conductas no eran planeadas per se por la Iglesia Católica, existe amplia evidencia que existían prácticas y políticas puestas en pie para encubrir estos casos, lo cual generaba las condiciones apropiadas para que estos siguieran ocurriendo y aún ocurran en la actualidad. En palabras de Kristen Sandberg, presidenta del Comité de Derechos del Niño de la ONU, “la Santa Sede sistemáticamente ha puesto la preservación de la reputación de la Iglesia y la protección de los autores de los abusos por encima del mejor interés de los menores. La Iglesia ha impuesto un código de silencio a los niños y la presentación de informes a las autoridades policiales y judiciales nacionales nunca ha sido obligatoria.”[8]


Vale resaltar que si bien este escándalo se reveló en años relativamente recientes[9], la realidad es que existe evidencia de abusos dentro de la iglesia desde hace siglos. En su trabajo Child sexual abuse and the Catholic church: An historical and contemporary review, Paul Isely sostiene que el contacto sexual entre los monjes adultos y los muchachos jóvenes era un fenómeno serio, si no bien conocido, en la iglesia primitiva. Además, se refiere a un temor persistente, por parte de las autoridades eclesiásticas, de contacto sexual entre hombres y niños. En 305 A.D., por ejemplo, el Concilio de Elvira prohibió a los "corruptores de niños" que alguna vez recibieran la comunión. San Basilio, un monje benedictino, emitió penas estrictas sobre el tratamiento de adultos de los niños en los monasterios y sus escritos muestran gran preocupación por la atracción sexual de un monje adulto hacia sus jóvenes alumnos varones[10]. Esto parece justificado teniendo en cuenta la cantidad de documentos en los que los monjes de los siglos X y XI escribieron poemas de amor celebrando la "Paederastia"[11].

Las penas establecidas por San Basilio por seducir a menores o realizar otros actos impuros con ellos

A la misma conclusión arriba el autor Sáez Martínez: las conductas ilícitas de los clérigos estaban presentes ya en los inicios de la iglesia. Así, por ejemplo, en el siglo XI, San Pedro Damián advierte al Papa León que se están produciendo abusos sexuales de niños y jóvenes por parte de monjes y clérigos, y solicita penas de reclusión en monasterio, junto con un control de los candidatos a las Sagradas Ordenes[12]. Así mismo, el autor sostiene que, durante al menos tres siglos, “la Iglesia era consciente que con ocasión de la confesión se cometían abusos sexuales a los penitentes por parte de los confesores”[13] y que las primeras condenas por estas acciones se remontan al siglo XII.


Los ejemplos que acabo de mencionar son tan solo una pequeña muestra de la amplia evidencia de cuan antiguo es el abuso a menores dentro de la iglesia católica. Por lo tanto, si la conducta ha existido durante siglos, es imposible sostener que los altos mandos de la iglesia no conocían de las violaciones y, por lo tanto, es evidente que la Iglesia Católica por lo menos ha permitido que estas ocurran dentro de su organización durante siglos y no ha tomado medidas adecuadas para que los abusos disminuyeran. Pero no se trata de ninguna manera de una mera negligencia de proporciones titánicas, sino que, la respuesta sistemática de la iglesia ante los abusos ha sido la de imponer códigos de silencio en los niños, la práctica de movilidad de los ofensores (donde los acusados de abuso eran movidos a otras parroquias dentro del mismo país o a veces en el exterior), la negación absoluta de los casos, ataques a las personas que denunciaban y la obligación de tratar los casos exclusivamente al interior de la iglesia y no denunciarlos públicamente, entre otras. Todas estas acciones denotan toda una maquinaria institucional elaborada con la intención de que estos casos no lleguen al dominio público, asegurando así que estos se perpetúen en el tiempo, en palabras de Geoffrey Robertson, abogado de Reino Unido que intento sin éxito llevar a juicio al papa en 2005:


Estas conductas, por supuesto, equivalían a la ofensa criminal de ayudar e incitar al sexo con menores. (…) Las agresiones sexuales se consideraban pecados sujetos a los tribunales de la iglesia, y los sacerdotes culpables fueron enviados a una "peregrinación piadosa" mientras a las víctimas se les obligaba a firmar acuerdos de confidencialidad.

Si bien se puede argumentar que estas prácticas se daban después de que ocurrieron las violaciones, estas generaban las condiciones apropiadas para que los perpetradores supieran que podían seguir cometiendo más abusos en el futuro con total impunidad. En este respecto, merece un análisis especial la práctica de movilidad de los ofensores, puesto que, si la respuesta cuando se conocía de la existencia de un miembro del clero que abusaba de niños no era entregarlo a las autoridades sino moverlo a otra parroquia con nuevos niños inocentes y padres que no conocían de la naturaleza del abusador, claramente existe colaboración por parte de la iglesia en la perpetración de todos los crímenes que los curas cometan en la nueva parroquia. Esto se comprobó en la realidad cuando muchos de los sacerdotes movidos a otras congregaciones siguieron abusando de niños en los lugares donde eran reasignados. En mi opinión, esta practica representa la evidencia mas importante del carácter sistemático de las violaciones y demuestra que la iglesia no solo se hizo de la vista gorda, sino que conscientemente adoptó políticas que derivarían en aun más abusos.


Según el Tribunal Penal Internacional de la Ex Yugoslavia, “sistemático alude a la naturaleza organizada de los actos de violencia y la improbabilidad de que ocurran fortuitamente[14]. Entonces, si existían políticas y directrices que garantizan la inmunidad de los perpetradores y un apoyo institucional que aseguraba su protección, ¿los abusos ocurrían de manera fortuita? Parece evidente que no. La realidad es que al generar las condiciones apropiadas para que estos actos pudieran darse en escala masiva y con absoluta impunidad, debe efectivamente hablarse de actos cometidos de forma sistemática, apoyados por una de las organizaciones más grandes y con mayor poder del mundo.


En definitiva, a mi parecer no queda ninguna duda: la actuación de la iglesia católica constituyó un ataque generalizado y sistemático contra los miles de niños que fueron víctimas de los abusos y por lo tanto, efectivamente se trata de un crimen de lesa humanidad y sus máximos responsables deberían enfrentar las consecuencias de sus acciones. En particular, el papa emérito Benedicto XVI debería ser juzgado por diseñar el aparato institucional que protegió a miles de abusadores y por el cual fue premiado por el papado. Si bien es claro que nunca ocurrirá, todos los altos mandos de la iglesia deberían tener que presentarse ante la Corte Penal Internacional y justificar porque era más importante proteger la imagen de la institución a proteger a los niños que fueron violados y abusados sexualmente por sus miembros. En cuanto al actual papa Bergoglio o Francisco, si no quiere también ser recordado por la historia como un criminal, debería tomar acciones mucho mas duras e inmediatas que de una vez por todas pongan fin a la practica sistemática de impunidad a los abusadores y realice las acciones adecuadas para reparar el daño causado a las miles de víctimas.


§


Por si aun le resulta difícil creer que la iglesia haya encubierto por tanto tiempo a los abusadores, le invito a leer la Carta enviada en 1985 por el entonces obispo Joseph Ratzinger (más conocido como el Papa Benedicto XVI) al Obispo de Oakland John S. Cummins, la traducción se encuentra después de la imagen. Por si existe duda, cuando se hace referencia al “peticionario” se esta hablando del clérigo abusador, no de los niños a los que el violó:

Traducción del latin:

Excelentísimo Reverendo:


Este tribunal, aunque considera que los argumentos presentados a favor de la expulsión en este caso son de gran importancia, considera que es necesario considerar el bien de la Iglesia Universal junto con el del peticionario, y también es incapaz de tener en cuenta el perjuicio que la concesión de la expulsión puede provocar con la comunidad de los fieles de Cristo, particularmente en lo que respecta a la corta edad del peticionario.


Es necesario que esta Congregación presente incidentes de este tipo a una consideración muy cuidadosa, lo que requiere un período de tiempo más largo. Mientras tanto, su excelencia no debe dejar de brindarle al peticionario todo el cuidado paternal que le sea posible y además explicarle el mismo razonamiento de este tribunal, que está acostumbrado a seguir guardando el bien común especialmente ante sus ojos.


Permítanme aprovechar esta ocasión para transmitirle los sentimientos de mayor consideración siempre a usted.


Su Reverendísima Excelencia

Joseph Cardinal Ratzinger




Referencias


[1] Solo como ejemplo, véase las siguientes notas periodísticas: El Telégrafo, “Que ni aparezca ese cura por aquí, porque lo arrastramos” de 17 de mayo de 2013 o Diario Expreso, “Dos sacerdotes que le huyen a una prisión” del 6 de enero de 2014.


[2] Corte Penal Internacional. Caso Jean Pierre Bemba Gombo. Sentencia de decisión y confirmación de cargos. Junio 15 de 2009.


[3] BBC Mundo, Más de 4.000 víctimas y cientos de curas involucrados: la enorme magnitud de los abusos sexuales a menores dentro de la Iglesia católica en Australia. 6 de Febrero de 2017.


[4] Carlos Cala, El mapa de la pederastia en la Iglesia. SER, 22 de noviembre de 2014.


[5] Karen J. Terry, Stained Glass: The Nature and Scope of Child Sexual Abuse in the Catholic Church, 35 Crim. Just. & Behavior 549 (2008)


[6] Annuarium Statisticum Ecclesiae, 2015. Publicado el 06 de abril de 2017.


[7] Al respecto, vease las sentencias del Tribunal Penal Internacional para Ruanda en los asuntos TPIR-96-4-T. Fiscal vs. Jean Paul Akayesu y TPIR-99-52-T. Fiscal vs. Ferdinand Nahimana de 1998 y 2004 respectivamente.


[8] Portal de noticias de Naciones Unidas. Comité sobre Derechos del Niño censura al Vaticano por no adoptar medidas para acabar con los abusos sexuales de menores (05/02/2014) https://news.un.org/es/story/2014/02/1293651


[9] Los primeros casos salen a la luz en la década del 70 y solo desde finales de la década de 1990 se tiene una idea de la magnitud de estas prácticas.


[10] Isely, P.J. “Child sexual abuse and the Catholic church: An historical and contemporary review.” Pastoral Psychology (1997) 45: 277.


[11] Ibíd.


[12] Sáez Martínez, Gil José. “Aproximación histórica a los abusos sexuales a menores." Eguzkilore, No. 29, San Sebastián (2015).


[13] Ibíd.


[14] Ambos, Kai. (2004) Los crímenes del nuevo derecho penal internacional. Bogotá: Ediciones Jurídicas Gustavo Ibáñez. Pág. 13

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