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  • Victor De La Huerta

Infiltrado

Actualizado: 5 de mar de 2018

Nota del Recopilador


Este texto lo hallé completo, uno de los pocos completos, entre el moho que los rodeaba, en la hacienda donde pasó escribiendo Marcelo Chiriboga los últimos años de su vida. Parece estar conectado con la novela “Diario de un Infiltrado” en la que narra la vida en la guerra ecuatoriano-peruana. Ha sido digitalizada para el disfrute de quienes conocen de éste maestro.



-Marcelo Chiriboga- digitalizado por Víctor de la Huerta


Latía el 41, año de guerras, y como partido de fútbol nos seguían la pista en la sierra. El regimiento 11 se repartía el frente oriental y nos había informado el frente norte, que habían sufrido algunas bajas durante la noche anterior. Nos prendimos un tabaco con el Pocholo, y el Flaco Almeida nos prestó los fósforos. Nos acostamos en las hamacas que estaban colgadas entre la vegetación y yo no podía parar de pensar que en cualquier momento nos podían meter un tiro, que nos podíamos morir como esos del frente norte. Que más daba, el tabaco era mi relación espiritual con la naturaleza, era esa relación profunda con la guerra, con el misterio, con los secretos.


“Cabo Yanez, tráigame dos cafés”

“Enseguida mi teniente Hidalgo”


El murmullo del río me hacía saber lo bien que se guardaban los secretos en la naturaleza, y nosotros irrumpiendo en ella. Me puse entonces a pensar en el señor Smith, que me había prometido llevarme a Arizona, darme una casita, y sacarme de esta mierda. No es que no me gustara el oriente, pero el peligro constante de morirme, no ya por la balacera, porque bueno hubiera sido, sino de morirme de la fiebre amarilla o alguna enfermedad rara incurable me daba mucho miedo. Al llegar al río, recogí el agua, las piedras redondas de tanto fluir en el río me hacían pensar en cuanto habíamos rodado nosotros. En las ampollas que había curado, los callos que había cortado, los pies que había amputado.

Pero ya no faltaba mucho para irnos a los Yunited, para que me llevara el Yusnabi, para no volver a ver los trajes camuflados. De cumplir el American Drim, y tener el American Wey of laif. Si porque por aquí mucho patriota que dice que va a matar a los rojos, que va a ganar la guerra, pero yo se que esta mierda no va a durar mucho. Ya de vuelta, pongo a calentar el agua y preparo el café para el teniente Hidalgo, hijo y nieto de nobles.


“Aquí está su café teniente.”

“Esto sabe a mierda, no le puso azúcar.”

Que azúcar le iba a poner si aquí no había ni mierda.

“Se acabaron las raciones de azúcar, parece que la próxima semana nos llega más.”

“Entonces no quiero nada, tome su huevada.”

Dos putos días más y me iba ya para nunca volver.

“Disculpe teniente”

“Hoy hace doble guardia”

Lo único que me faltaba, que el hijo de puta me haga hacer doble guardia.

“Con mucho gusto mi teniente.”

“¿Dónde está su fusil?”

Donde va a estar pues viejo maricón, en la hamaca de la que me sacaste para hacer el café que acabas de botar pues hijueputa.

“Junto a la hamaca donde me encontró.”

“Hagame doscientas lagartijas, ya le he dicho que el fusil es más importante que el amor de su vida, así como se lleva a su esposa a todos lados, así tiene que llevar el fusil. ¿Me entendió Cabo Yánez?”

Mientras hacía las lagartijas, pensaba a mis adentros, viejo mamarracho ya vas a ver lo que te hace la CIA, hijueputa.

“Listo mi teniente, le puedo colaborar de alguna otra manera.”

“Cual colaborar pues, si ni el café puedes preparar bien.”


Viejo de mierda, como le gustaba vernos hacer las lagartijas, alguna fijación sexual ha de tener.


Al volver a la hamaca, comienzo a redactar mi informe, pero no para los milicos, sino para los gringos. Les interesaba saber como progresaba la guerra, tenían un interés estratégico en que los peruanos nos ganen, y a mi que mas me da si igual esta tierra de mierda a mi no me ha dado nada. Acabo de redactarlo, con todos los detalles de lo que había visto en la sala de reuniones, los mapas, y las estrategias determinadas y bajo al río. Cuento cinco caídas de agua y en la quinta dejo en una botellita sellada el reporte, confiando en que el peruano vaya a encontrar el reporte. Entonces escucho a Almeida decir, “quien anda por ahí” y me congelo. Entonces comienzo a correr, y al Almeida no se le ocurre nada mejor que meterme un tiro.


“HIJUEPUUUUUUTA”

“Yánez eras vos, que hacías ahí abajo pues cabrón”

“Vine a mear”


Entonces vuelve con otros cuatro y me cargan hasta el regimiento donde el doctor me inyecta morfina. Después de eso ya no me acuerdo, pero estaba en Quito, no volví a saber del gringo Smith, y no conozco Arizona. Todos los días no dejo de pensar en que debí haberle dicho a ese Hidalgo todo lo que pensaba, ahora el hijueputa es héroe de guerra, de una guerra de mierda que perdimos, donde se nos comieron medio Ecuador. Le hubiera dicho “Caradeverga, hijueputa, cuales lagartijas, viejo puto, maricón.” Le hubiera dicho hasta de qué se iba a morir, pero hierba mala nunca muere, y el maricón era yo que nunca le metí una bala al tal Smith, maldito cabrón traidor.

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