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  • Carlos Alberto Varela

Los toros ¡NO! vuelven a Quito: una reflexión no animalista



No soy animalista -aunque respeto a los animalistas, como carne y no me avergüenzo de hacerlo. Me avergüenzo, sin embargo, de la Tauromaquia. Mis razones son más bien humanistas, me avergüenzo de pertenecer a un grupo humano que requiere -en pleno siglo XXI- hacer gala de su dominio sobre una bestia. Me compadezco de mi prójimo cuando le veo haciendo de la tortura publica de un animal la causa de sus luchas y placeres -cuanta energía, cuanto entusiasmo banalizado, desperdiciado!


Entiendo la tauromaquia como una expresión genuina de un humano inerme que a costa de astucia y coraje logró sobreponerse incluso a las más indómitas bestias. Entiendo ese rito -brutal- como una prueba metafórica de la dominación del hombre sobre su entorno. Pero entiendo, también, que hacer gala de dominar algo que se domina con creces no es solo signo de mal gusto, signo de pedantería y necedad.


La tauromaquia se presenta hoy como una aberración porque redunda y abunda para demostrar algo sobre lo que ya nadie duda. Lo que otrora fue coraje y valentía hoy no es más que estulta y ridícula temeridad. La que otrora fue una bestia temible hoy no es más que un pobre animal, torturado al son de una parte de la especie humana que se resiste a creer que pudo dominar a su entorno – y a asumir las responsabilidades que tal situación le acarrea.


¿Que si la Tauromaquia es cultura? Pues sí, es la expresión cultural de un pueblo inseguro que encuentra en el rito del toreo un escape para energías a las que aún no ha entendido como darles mejor uso. Peor aún, en el contexto ecuatoriano, es expresión de un pueblo que no a superado los rezagos de una sociedad colonial, clasista y racista, en la que el éxito no estaba atado al mérito, sino a la condición racial que otorgaba legitimidad para gritar, a viva voz y con la frente en alto: ¡Y… OLE!


Los toros se deben prohibir como prohibidas están tantas otras aberraciones. Los actos públicos en los que se comete bestialismo, por ejemplo, se prohíben no tanto por el sufrimiento animal como por el mensaje aberrante que transmiten. La cultura expresa, pero también reproduce, y lo quiteños decidimos en las urnas que no queremos reproducir las taras contenidas en el rito bestial de la tauromaquia.


Quito tiene el reto de encontrar mejores formas de canalizar las energías huérfanas tras la prohibición de matar en el ruedo, es verdad. Pero NO podemos permitir que nuestras fiestas vuelvan a girar en torno a un matadero. Opciones mejores -créanme- no faltan.

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