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  • Amalia Fernandez-Salvador

¡NO es NO!



Carla se aproxima a la puerta de su novio. Hace algunos meses que están juntos, digamos que son ocho, la verdad el tiempo no es lo importante. Se tenían mucho amor, y ya habían tenido relaciones sexuales. A ella le parecía lo más bonito porque él siempre la respetaba, siempre se tomaba una pausa para preguntarle ¿sigo?


Sin embargo, Carla ese día iba por obligación, ya que su novio le había pedido que lo vaya a ver, y la verdad ella tenía otras cosas en su mente, como su trabajo, pero sobre todo algo que le habían dicho sobre Juan, su novio. Ella necesitaba discutirlo con él. Cuando entró al apartamento, Juan la recibió con demasiada felicidad. La presionó contra el muro dándole besos apasionados. Carla lo empujó y le pidió que hablaran. Juan le pidió que por favor, que necesitaba sentir su cuerpo. Carla lo empujó nuevamente. “Pero mi amor, ya lo hemos hecho antes, por favor.” Carla se quedó callada y Juan tomó su silencio como aprobación. Después de hacerlo, Carla tomó sus cosas sin saber cómo sentirse y se fue. Nunca regresó, ni habló nunca más con Juan, cuando lo veía no sabía como sentirse.


Carla había dicho que sí antes, pero ¿acaso eso impedía que pudiera decir que NO esta vez? El NO es fuerte, redundante y difícil de eliminar de nuestro vocabulario, ya que existe premeditación al decirlo. Pero ¿quién premedita en esas circunstancias? Uno tal vez ya este analizando desde antes si tener o no un encuentro sexual, probablemente, pero ¿acaso uno puede premeditar el momento exacto? Tal vez sí, pero ¿qué pasa si no? Tal vez Carla se sintió culpable, parte ya de un ciclo del cual no podía salir, porque ya había dado su consentimiento en otras ocasiones. Entonces ¿siempre es un sí desde que se dio el primero? ¿Cómo hacemos para no parecer ridículos preguntando? Antes se creía que no existía, que era imposible la violencia sexual entre parejas casadas, y por eso Carla ahora se siente incapaz de expresar y aceptar sus sentimientos, porque ella se siente recriminada por no haber dicho NO desde el principio.


Ahora este es un caso práctico: ¿Qué pasa cuando uno no cree que tiene el derecho de decir NO? ¿Nos enseñaron acaso nuestros padres el valor del NO, y la posibilidad de decirlo cuando uno quiera? Preguntas difíciles que no paro de cuestionarme, ya que en el momento dado, después de haber coqueteado, de repente te encuentras en el límite en el cual si no se da una pausa ya no hay como volver atrás. Curioso, porque el NO ¡claro que es un NO! y eso se tiene que enseñar a todo el mundo. Pero el NO, siempre está en nuestras vidas. No solo en las relaciones interpersonales más cercana sino en nuestras acciones también. Desde que comenzamos a vivir en sociedad, existen prohibiciones que limitan nuestra libertad:

NO se puede cruzar la calle cuando los autos cruzan, a menos que intermedie un semáforo o un paso zebra.

NO se puede hacer pipí en la calle.

NO se puede copiar.

NO se pueden hacer muchas cosas, por esa razón deberíamos partir desde un NO. El silencio NO otorga, siempre se debe asegurar que el consentimiento sea fuerte y claro. Es incorrecto pensar de otra forma.


NO es NO.


Es verdad, no hay como evitarlo y hay que repetir eso a todo el mundo. Pero el NO está entredicho antes de cualquier circunstancia. Todo debería ser un NO, hasta que intermedie uno o varios SI. Como un videojuego, para alcanzar el segundo nivel uno tiene que pasar el primero y así sucesivamente. Las relaciones que pueden llegar a ser de naturaleza sexual deberían ser de igual forma. Uno juega el primer nivel: el coqueteo. Hay un SI dado y comienza el juego. Eso nos da permiso para seguir al siguiente nivel. Porque el NO está siempre presente. Es de esta forma que lograríamos, tal vez utópicamente, no tener que utilizar campañas como “NO es NO” porque todos lo sabrían. Ahora, eso no quiere decir que las mujeres no tengamos que alzar nuestras voces y dejar oír nuestro NO alto y claro cuando sea necesario, porque no es no, y siempre lo será.


Pero, ¿Acaso no sería mejor decir un SI alto y claro, una aceptación expresa de que uno desea ser parte de una relación sexual consensuada? ¿No sería eso más saludable?

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