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  • Amalia Fernandez-Salvador

Obanos: Su misterio. Sus peregrinos


El viaje no se acabará nunca, había pensado ella alguna vez. Cruza el camino con sosiego. Su caballo es blanco. Es blanco porque es puro. Eso es lo que le habían dicho sus padres al obsequiarle esa montura el momento de cumplir sus 18 primaveras. Miró a su alrededor y vio cruces por todos lados, caras cansadas pero expectantes. Varias personas estaban haciendo lo mismo que ella; eran peregrinos.


Feliciana era su nombre, aunque nadie la llamaba así. A veces ella se preguntaba porque le habían puesto una palabra que la describiese, si no se la iba a utilizar. Por su posición en los distinguidos rangos que su familia había mantenido y protegido a través del tiempo, la llamaban la “Doncella de Aquitania“. En ese momento eso ya no importaba. Estaba encaminándose con un séquito numeroso, pero silencioso, por la ruta que Alfonso II había emprendido por primera vez.


El 25 de julio estaba cerca, y tenían que apresurarse.


Como era de acostumbrar, sus movimientos ya estaban calculados, por todos menos ella. Tenía dieciocho años contados, y sus padres ya habían organizado sus próximos veinte años. Estaban hablando de casamientos y nietos. Felicia trataba de omitir esas ideas desagradables, pero sentía que ese futuro era inevitable, por lo que decidió viajar. Tenía que vivir un poco y ver el mundo antes de estar atada para siempre.


Sus padres frente a su propuesta dudaron, ya que todavía no estaban seguros si tenía la edad para ir sola en un viaje. El peso del viaje alrededor de sus cuellos; la vieira, les susurró lo contrario. Así fue como ella logró que sus padres asientan frente a la idea de hacer una peregrinación, hacia la tumba del apóstol Santiago. Sus padres se habían preocupado de cada pequeño detalle, habían organizado el séquito que la acompañaría y habían planeado para que llegara el día específico.


El 25 de julio llegaba rápidamente.


El sol de mediodía golpeaba fuerte en Santiago de Compostela, pero finalmente habían arribado. Tenían sed. Su aridez era tal, que cuando vieron un pozo, hasta Feliciana había puesto de lado su posición y había descabalgado para beber las aguas diáfanas y sensibles que le tranquilizaban el interior del cuerpo. Sus labios ardían, pero la fuente de la vida en sus labios le había apaciguado.

Ya había llegado el día. Las calles de Santiago de Compostela se arremolinaban con gente en pleno festejo. Las caras sonreídas se mostraban frente al calor; desafiantes, y todos eran iguales ante la santidad del aniversario de este personaje que todos veneraban. En su caballo albar, Feliciana cruzó las calles con parsimonia. Uno de los mercaderes se acercó con un ropaje gris desmembrado y saludó con tranquilidad a los compañeros de Feliciana la bella. A ella le hizo un ademán con las manos, indicándole que se acercase.


- Todos somos iguales ante los ojos de Dios, debería bajar del caballo para mostrarle el mundo que Dios ve. Todos somos iguales ante los ojos de Dios. - le dijó.


Feliciana miró hacia sus alrededores, y a pesar de las miradas de reproche que le dirigió su cortejo, bajó de su corcél.


Ya en el suelo, miró expectante al plebeyo, y éste sacó una curiosidad pulcra de entre sus manos. En ellas se encontraba una concha; una vieira. La simetría de este objeto era perfecta y en el borde, se había insertado una cuerda roja. Del centro deslumbraba una cruz que había pasado por una metamorfosis, con una rosa de los vientos, roja como la sangre, que palpitaba en las entrañas de la bien nacida.

- Úsala para el agua, úsala como recuerdo, úsala peregrino porque has llegado a tu

destino.

Con una expresión solemne en su rostro, la colocó alrededor de su cuello fino. Feliciana sintió el peso del viaje ahora en su cuello, pero estaba satisfecha; lo había logrado.

Al salir de esa ciudad mágica el siguiente día, la de buen nombre se sentía contenta y pura, como nunca lo había hecho. Había visitado a Santiago en su tumba, y éste en su silencio sepulcral la entendió y la escuchó. Ya sabía lo que iba a hacer. Escondiendo sus pensamientos, continúo su travesía en el caballo blanco.


***


Me duele la garganta. Es dolosa y enervante. He tratado todo lo que los médicos me han podido recetar. Me han dado ibuprofeno, naproxeno entre otras varias pastillas, pero este mal de garganta no se va. No lo aguanto. Los médicos han estudiado varias veces mi garganta pero no hay inflamación o elementos evidentes que causen este dolor. Entonces, ¿Porque me arde tanto? He pedido a alaridos que me operen o que hagan algo al respecto. No lo hacen. Con el tiempo la quemazón es tal que ni palabras puedo evocar.


En estos tiempos concentré mi vida alrededor de los medios de comunicación y logro seguir subsistiendo sin palabras audibles. Una amiga de España, me narra en una de nuestras conversaciones, las anécdotas de uno de sus viajes que había hecho. Al contarle sobre mi situación, su mente se le iluminó. Me informó sobre una posible cura para mi mal incurable. El tratamiento, según lo que me dice, se encuentra en Navarra, en un pueblo, donde en una tumba encontraría mi solución. Estoy dispuesta a todo. La garganta me jode.


Voy a viajar desde Quito, donde las luces remplazan al sol en la noche. En el aeropuerto me observan, con mis ropajes tradicionales nevados, y demostraron su tristeza al ver mi destino. Pensaron que sería otra de los millones que se iban para no volver jamás. Nunca había volado a ningún lado, pero en la ciudad me habían dicho que sería fácil; en España hablan español. Me fui confiada.


Había investigado, y al ver toda la travesía que había hecho mi amiga, pensé que era demasiado para mi, así que busqué el lugar donde se encontraba mi solución, sin embargo iba a tomar un leve desvío hacia un lugar que el cura de mi iglesia me había aconsejado que visite. Ahora, en medio del Océano Atlántico escucho y ojeo la película que están pasando por las pantallas. Yo la miraba pero pensaba en otras cosas, en mi llegada, en mi medicina, en como sería feliz y viviría tranquila. El día de Santiago estaba a la vuelta de la esquina.

Llegué a un lugar demasiado grande para mi fortuna. Estaba acostumbrada a edificios pequeños, pero este aeropuerto de Madrid está diseñado para elefantes. Espero un momento para mi próximo vuelo, y tomo un café. Las monedas son diferentes, se llaman euros, y no las podía contar bien, o hasta diferenciar. De repente escucho mi nombre por los altavoces:

- Maria Dolores Chipanluisa, por favor acercarse a la puerta de salida M201, primera

llamada.

No estaba tan lejos, pero igual corro, tratando de dirigirme por los corredores. En cinco minutos, después de perderme dos veces, logro encontrar la puerta de entrada. La señora que se encuentra frente al mostrador había comenzado a nombrarme por segunda vez, cuando me presenté con personalidad marcada ante ella. Me miró de reojo y me dejó entrar. El día del apóstol ya se aproximaba.


Para llegar a Santiago de Compostela, tuve que tomar algunos aviones y avionetas, y finalmente algunos carros y buses, pero llegué. Las calles estaban repletas de gente contenta, con vestimentas medievales, o eso es lo que parecía, porque se veían ridículos.


Con mi grupo de turistas, caminamos por el centro de las calles, viendo a los creyentes, sus rosarios alrededor del cuello, sus pecados guardados en un lugar especial para liberarse de ellos pronto.


Un mercader, o así parecía, se me acercó y me miró por un momento.

- ¿Te he visto antes? - me preguntó. - ¿Mande? - contesté. - ¿Te he visto antes? - volvió a preguntar. - Lo dudo, no soy de aquí y nunca he venido hasta ahora. - le respondí.

Me vigiló un poco más; no me dejó seguir hacia adelante. Tenía los ropajes grises que se deshacían y yo pensé que seguramente estaba representando a alguien de baja alcurnia.

- Todos somos iguales ante los ojos de Dios. - me dijo, como si hubiese escuchado lo

que estaba pensando.

Después de ese análisis en la que me sentí profundamente inferior en cuanto a

su sabiduría, sacó de entre su indumentaria, unas conchas albugíneas.

- ¡Son vieiras! - exclamaban todos a mi alrededor.

Tenían una simetría espectacular, y estaban formadas con exactitud. Blancas y pulcras como nada de lo que yo había visto hasta ahora. En su punta, se habían hecho orificios por los que se había pasado una cuerda roja. En el centro de ella, se encontraba una mezcolanza entre una cruz cristiana y una rosa de los vientos, también coloreada de rojo. El mercader me la colocó alrededor del cuello diciendo:

- Úsala para el agua, úsala como recuerdo, úsala peregrino porque has llegado a tu

destino.

Festejo el día de Santiago con bochorno y alegría. El siguiente día cerré mis cuentas en el hotel que estaba lleno de gente durmiendo a esas horas. Ahora tengo que buscar una solución al ardor de mi garganta que me molesta y me impide vivir mi vida. La medicina final está cerca, pienso.


***


Volvían a casa en silencio. Estaban todos cansados y contentos de volver. Esperaban con ansias volver a su hogar caliente, con sus familias respectivas. Solo había un alma que no estaba tranquila; la de Feliciana. Ella pensaba y su mente daba vueltas alrededor de la idea de volver. Volvería para seguir lo que todos pensaban que ella debía hacer. Volvería para casarse. Volvería para continuar el lineaje de su familia. Volvería para seguir las reglas. Volvería para solo ser un objeto para tener hijos. No lo quería ella así; no le parecía justo.


Guillén, su hermano la había venido a visitar. Lo había esperado con ansias pero con miedo. No quería que la haga volver a su pueblo donde tenía que hacer lo que se esperaba de ella. Estaba contenta trabajando para los hombres de Amocaín. Todos la llamaban por el nombre que se había inventado. Felicia haz el favor de traerme el agua. Felicia concédeme un momento por favor a solas. Felicia tal y tal, pero ella, estaba feliz. Trabajaba con sus manos y al fin les daba alguna utilidad. Pero su hermano Guillén estaba en el pueblo buscándola y seguramente la encontraría.


Feliciana escucha a su hermano llorando sobre su cuerpo. Los hombres no entienden lo que es el control y nunca lo han hecho. Era su hermana, y por primera vez escuchaba a su hermano llamarle por su nombre. Sonrió. Era hora que le llamasen por como era. Su posición social no era nada, pero yo había nacido como Feliciana y así había muerto. Los dineros ya no significan nada.


Los señores de Amocaín habían sido buenos con ella, y le habían dado sepultura en la iglesia donde cayó. Era oscuro y más frío que lo que había sentido hasta ahora. Hay mucho silencio, y Feliciana esto le recordaba a sus acompañantes en su primer viaje. Finalmente podía escucharse pensar. Pensaba en todo: en la iglesia que le albergó y que la libró de todos los malos sentimientos. Escuchaba el silencio de este lugar frío.


Le han venido a visitar. Un hombre, le ha hablado por largo rato. No le conoce pero seguro es alguien que la quiere de manera descontrolada, porque sino no se tomaría el tiempo para venir a tenerle compañía. Hablaba sobre el dolor que todos sintieron al verla caer. Le contaba las nuevas sobre su hermano y como preso del arrepentimiento se había dirigido hacia Santiago para hacer su propia peregrinación. Feliciana siente el pesar del viaje alrededor de su cuello. En las ceremonias de sepultura no le habían quitado la vieira y eso a Feliciana le tenía compañía.


Feliciana tenía una nueva amiga. Había crecido en su cuerpo en el centro de su corazón. Era blanca y hermosa. Feliciana la había sentido desde hace rato pero la dejó crecer para ver en que se convertiría. Su tallo era largo y verde, en la punta, unos pétalos se formaban desde el centro hacia afuera de manera cíclica. Eran blancas y puras y Feliciana la escuchaba crecer mientras las dos oían el silencio.


Han abierto la sepultura de Feliciana. Los hombres dejaron que un rayo pequeño de luz se abriese paso adentro, se sorprendieron al ver la nueva amiga de ella. Murmuraban entre ellos, y el silencio del pueblo había sido derrotado por murmullos. Éstos decían que la que estaba sepultada en la iglesia, la que había sido asesinado, era una santa. Todos se admiraban ante este milagro y Feliciana solo podía escuchar.


Decidieron, según las indicaciones del obispo, pasar el cuerpo de Feliciana hacia una nueva cama. Feliciana escuchó como dos personas la movían con sumo cuidado de no molestara. Oyó su respiración. Percibió que la metían en un lugar de madera, una madera de roble y supo que la habían puesto en un arca. Era menos fría pero más estrecha. Atendió al eco que existía en su nuevo hogar. La flor estaba más feliz ahí así que Feliciana también lo estaba. Tenía compañía y eso era lo que importaba.


El interior de la iglesia era muy triste. Deseó escuchar el cielo estrellado, y oyó Feliciana como el arca se movía y se asentaba en unas hierbas mojadas. En el espacio, el cielo negro, el movimiento era constante y ella lo percibía claramente. No sabía bien quien se movía, pero entendía que todo era un viaje eterno. El peso que se encontraba alrededor de su cuello tomó presencia.


Los campesinos encontraron a Feliciana en medio del campo y la trataron de mover. Feliciana oía como se esforzaban para levantarla. Los murmullos de nuevo se acentuaban. Decían que estaba muy pesada. Feliciana pensó que era imposible que engordase al no comer en ya algunos días.


Los murmullos llamaron al obispo, y éste se presentó frente a Feliciana. Delante de los campesinos absortos por el misterio y el asombro, les dijo que había que subirla a una mula. Feliciana se preguntó que habrán hecho de su caballo blanco; lo extrañaba. A los muertos ya no se les dan monturas dignas, porque un muerto no puede reclamar nada. Los campesinos trajeron una mula, y ahora, sin esfuerzo lograron subirla encima. La mula enseguida sintió la presencia de Feliciana y su amiga, y comenzó a moverse en una ruta de las que todos desconocían su fin.


La mula se movía y Feliciana escuchaba como algunas personas la seguían a una prudente distancia sin interrumpirla. Seguía a su paso, lento, pero segura de su ruta. La flor y la persona adentro del arca se movían siguiendo las patas del mamífero. Escuchaban como la madera gruñía y se quejaba, y como el tiempo pasaba. Feliciana había olvidado como era el dolor, pero ahora la caminata le recordaba. Estaba cansada y quería que los sonidos parasen de variar en el camino del animal. Ella quería asentarse, y que nadie le molestase más. Cuando deseó eso, la mula fielmente se acostó en el piso, exhausta.


Feliciana escuchó de nuevo los murmullos asombrados. Estaban frente a la iglesia, de San Pablo y estaban exhaustas. Feliciana le agradeció desde su cama de roble. Escuchaba como los hombres del mundo, sin límites, se enfrascaban en construirle un lugar donde permaneciese a través de los tiempos, pero estaba fatigada. Su amiga seguía ahí, pasiva ante todo, pero Feliciana ya estaba muy cansada. Su cuello sentía el peso del viaje encima, y decidió descansar un rato, mientras le construían una casa.


***


Estoy en el pueblo de Labian buscando el ataúd que me curaría todos los males que me han hecho llegar hasta aquí. La gente me guió hacia la iglesia del pueblo y al fin la encuentro. Me senté por un momento en el suelo lleno de hierbas. Uno de los pueblerinos se acercó hacia mí y me miró como si hubiese cometido algún delito. Lo examiné con fiereza en los ojos, esperando que me explique porque se había quedado plasmado ahí.

- Ese es el lugar donde la mula se acostó para dejar a la Santa. - dijo finalmente.

Al decirlo se fue disgustado y me quedo de nuevo sola frente a la iglesia.


No entiendo muy bien lo que ha acontecido en este momento, y decido entrar. No hay ningún alma aquí, así que saco mi pañuelo blanco, y como me había indicado mi amiga, lo paso por el arca de roble que estaba en el centro de una de las cámaras de la iglesia. Espero un momento, pensando que el remedio tomaría tiempo para causar efecto. Aguanté y perseveré y, después pensé que tal vez había hecho algo mal, así que froto sobre el arca de nuevo el pañuelo. Me quedo un día entero, y nada pasa. Deshecha porque no había solucionado mi situación, decido salir de ese pueblo para no volver jamás.


Mi frustración ha alcanzado otros límites. No podía ser así. No quería dejarlo así. En mi camino, aparezco en un pueblo que se llama Obanos. Había investigado y sabía que ese era uno de los puntos para la ruta de Santiago, así que imagino que seguramente tenía albergues. Encuentro uno frente a una plaza. La señora me ojea de arriba para abajo admirando mi trenza larga, seguramente.

- ¿Se va a quedar a ver la obra no cierto? - me preguntó.

Un interrogante apareció en mi faceta. No puedo evitarlo, y la señora lo interpretó correctamente.

- Es la representación del Misterio de Obanos. Tiene que verla, es nuestra principal

atracción.

Me quedé plasmada, pero no sorprendida al pensar que una pequeña obra de teatro era la razón por lo que la gente se quedaba en ese pueblo. Por eso este lugar está vacío pensé.

Mi cuarto es desagradable y minúsculo. Descanso un momento, sin poder dormir del todo por el dolor que envuelve mi tráquea. Sufro al pensar y respirar. En este cuarto nada va a mejorar con mi posición. Decido ir a ver esa obra de la que me había mencionado la señora antes. Bajo, y veo en la plaza a gente reunida en un círculo alrededor del núcleo. Los actores comienzan a bailar y a representar. Se contaba una historia sobre una tal Feliciana, una dama pura y de buen nombre que creaba algún drama por su decisión de vivir una vida más humilde, rechazando a todo lo que representaba el dinero.


Cierro los ojos. Miro en mi mente como Guillén, el hermano de Feliciana la iba a buscar por todo el camino a Santiago, el momento en el que séquito llegó sin ella. No era posible que, la que mantendría la sangre noble a través del tiempo, no aparezca en los momentos de su boda. Esto había pensado el hermano. De ese modo Guillén se había tomado un tiempo libre de su oficio de Conde, y buscó a su hermana, para traerla de vuelta. La encontró en ese pueblo, trabajando, cosa que ninguna mujer de su posición y de su dinero debería hacer. La tomó del brazo y la llevó a la plaza. Le gritó injurias, y ella no entendía, le suplicaba. Se enfureció. No se apaciguó. Y de la nada ella cayó al suelo. Cayó y la muerte la sostuvo por un momento, llevándola consigo. Abrí los ojos.


La agresividad se sentía. La música de fondo indicaba que algo iba a ocurrir. El puñal relució frente a los candelabros que trataban de iluminar la plaza. Suspenso. ¿Qué pretendía hacer con esa lámina? Yo ya lo sabía. Sabía que esa era la respuesta que buscaba en mi viaje. Esa era la forma que me libraría de todos los sentimientos que me dirigían desde que había sentido aquella dolencia.


Cerré mis ojos. Me miré el pecho y la sangre relucía por entre mis senos, un poco hacia el lado izquierdo, denotando una hendidura de cuchillo. Entendía que mi corazón estaba sufriendo. Deducí que Guillén no se había refrenado. Todos los hombres son así, no saben reprimir sus iras. Algo nublaba mis pensamientos pero misteriosamente ya no siento la garganta. La cuerda roja se acerca al suelo en mi caída, y siento la vieira, la que estaba alrededor de mi cuello, toca algo duro, y entiendo que es el piso. ¿Estoy muriendo o es un sueño? Todo se torna frío, pero en el centro de mi corazón siento como un clavel blanco está creciendo. Pensé que el viaje nunca se acabaría, y así fue.



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