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  • Victor De La Huerta

Periodistas en la frontera



Este texto de Marcelo Chiriboga lo encontré entre los otros del canasto 5, he decidido ponerles números al azar, para ir ordenándolos. Sin embargo, ya me advirtieron sus parientes sobrevivientes, que ellos mismos movieron los textos de canasto a canasto, y que nunca estuvieron realmente ordenados. Encontrarlo fue muy bueno, estuve dudando si digitalizarlo, porque es uno de los últimos textos, y además el contexto que estamos viviendo nos hace más sensibles a estos temas. Nos siguen faltando tres. El texto tampoco posee un título, he decidido darle un nombre para ubicarlo.


“Habían pasado 5 días desde que comenzó la pelea por el territorio, por no desaparecer. Es que no nacimos existiendo, sino que nos fuimos pensando hasta ser. El café estaba frío, y no había los recursos para calentarlo, pero después de 5 horas de caminata, un buen 40 y un café frío es mejor que nada. Los militares ya nos habían agarrado cariño y hacíamos el campamento junto a ellos, mientras pensaba a mis adentros, maldito sueldo de mierda, esto no lo vale. Pero yo no estaba ahí por el sueldo, ni porque tuviera ese amor empresarial del que tanto me hablaban día tras día.


Yo estaba ahí, por saber la miseria humana, por saber qué hay detrás de toda la mierda, por saber qué hay detrás de los muertos, de los heridos, de los capturados tras la línea enemiga. No se trataba de hacerme famoso, ni de hacer famoso al periódico, se trataba de redactar fielmente lo que veía. Era el corresponsal de “El Universo” y con mis tres compañeros éramos los corresponsales oficiales de la guerra de Paquisha. En el periódico se referían a nosotros como los paquishas, que fue deviniendo en apodos peores como si jugaran a reordenar las palabras “los mushpos”.


Como si el periodismo de guerra, hasta entonces bastante desconocido, fuera menos importante que el periodismo de esos cabrones. No, nosotros retratábamos una realidad horrible de la humanidad, no aceptábamos esa naturaleza, más bien se nos había hecho natural que la gente matara por distintas razones. Pero ninguna de esas razones era “es que está en mi naturaleza”, más bien eran razones bien pendejas, como “el comandante me lo ordena” o “es que el sueldito es el sueldito”. Si tal vez esta última no es tan pendeja, sobre todo considerando que yo tuve una mamá que me subsidió los estudios.


Hablando de mi mamá, cómo estará la vieja, y hasta me regañaba por adentro “vieja tu abuela” y luego agregaba el característico “pero del lado de tu taita”. El caso era que esa misma noche sufrimos un bombardeo por parte de los peruanos, para recuperar el “Falso Paquisha”, como ellos habían calificado nuestro territorio legítimo.


Escribí el avance que habíamos hecho, y más o menos a las 12 de la noche me fui a dormir. A eso de las 4 de la mañana escuchamos los helicópteros sobrevolando el área, y luego de una media hora, la vibración por el sonido de los aviones. Pensé en lo que había leído esa mañana, y en lo mucho que me gustaba lo simple que era Cortázar, “Instrucciones para llorar”, un texto magnífico. Pero de repente sentí un empujón, seguido de un sonido insoportable, un pito en el oído. ¡Un bombardeo! nunca esperé que fuera así, estaba desorientado, como si no tuviera conciencia de que nos habían atacado.


Bien decía mamita, “solo los mushpos se van a la guerra” refiriéndose a los milicos. Pero esta vez era diferente, era yo el “mushpo” que estaba en medio de un bombardeo, los disparos no se hicieron esperar. Era una jugada táctica, y yo con mi cartel de prensa en el pecho, como si eso me hiciera invencible. Como uno de esos espantosos superhéroes de los cómics. Que fácil romantizamos la guerra, creemos que estamos libres de cualquier cosa, por un cartelito que dice que soy prensa, y que no soy parte en la guerra. Pero qué diferencia hace si el avión está tan lejos, como iba a leer el cartelito, y el miedo de los que disparan, qué van a leerlo.


Me levanté, y fui a la carpa a buscar a los otros tres, pero ya no estaban. No se distinguía nada, todo estaba en cenizas, y lo que no, estaba quemándose. La maldita selva, el calor, la sed. Se me cruzó la idea de seguir las instrucciones de Cortázar y ponerme a llorar. Pero me hacía falta agua hasta para las lágrimas. Entonces comencé a correr, medio desubicado, hasta que me encontré con los peruanos. Me dijeron “Alto ahí”, era evidente que no estaba preparado. Seguí corriendo, comenzaron los disparos, hasta que dije “No disparen chugcha, que no estoy armado.”


Entonces se detienen, salgo, y se dicen “ah, pero si solo ha sido un periodista” y yo les miro intensamente. Me dicen, y ¿cómo te llamas? Xavier, respondo receloso. Solo quiero volver a Quito, ya no quiero estar acá. Entonces me capturan, ilegalmente, y me dicen que hasta que la guerra termine voy a vivir en sus cuarteles.


Al volver a Quito, ya no vi más a mis tres compañeros, asumo que deben haber muerto. Nadie quiso mencionar el incidente en El Universo. Pero ahora cuando se referían a nosotros, ya nadie se atrevía a decir “los mushpos”, ahora solo me decían Xavier. Nunca más tuve un apodo, y trabajé el resto de mi vida detrás de un escritorio. Muchos de mis familiares dicen que la guerra me cambió, pero no fue la guerra, fue la indiferencia.”



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