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  • Juan José Peña

¿QUEREMOS OTRA CAJA DE PANDORA?



Tengo presente aquellos recuerdos que me brindaban un cierto nivel de confianza y seguridad, cuando creía que no sería testigo en el mundo cercano, de hoy en día, de los atropellos y graves violaciones de derechos humanos que ha sufrido la humanidad, en las distintas fases de su historia.


Específicamente, a las vulneraciones provenientes de gobernantes autoritarios, que sedientos de poder, quebrantaron cualquier principio, estructura o noción básica de lo que significa el Estado, conjuntamente con los principales valores y derechos fundamentales de las personas. Eso sí, he sido testigo presencial de que como consecuencia, esa sed de poder se transforma en un corto plazo, en sed de sangre. Mientras más rebeldes por justa causa aparezcan, mayores atropellos y más sanguinario se vuelve el depredador al mando.

Cuando en el colegio, en la universidad o por mi propia curiosidad, estudiaba la historia de las dictaduras y gobiernos autoritarios, atropellos de derechos humanos y abusos de poder, me decía a mí mismo que, afortunadamente hoy en día el mundo ha cambiado. Las sociedades ya no permitirían que personajes de tan paupérrima naturaleza se impusieran y cometieran esta clase de aberrantes actos.


“La humanidad ya ha sufrido lo suficiente por estas causas como para no haber aprendido de la historia”.


Solía creer que si algún osado gobernante se atrevía a sobrepasar un milímetro, la delgada línea que hay entre el moderado abuso de poder (como un fenómeno, indeseable pero común, que suele darse de distintas maneras en los gobiernos) y el descontrolado atentado contra la vida y los derechos humanos, la reacción mundial sería inmediata y eficaz en la solución del problema.


Me he dado cuenta que estaba muy equivocado. Hemos sido testigos en la época contemporánea de un sinnúmero de abusos, pero en mi caso no he visto algo tan cercano y actual como lo que hoy resuena por el mundo; me impacta demasiado, me indigna y no me deja de sorprender ni un segundo, al ver la inacción o la escasa reacción que existe en los distintos actores de la política internacional. Mucho más me saca de sí, cuando veo que ciertos/as personajes inescrupulosos/as de la política doméstica, que supuestamente nos representan, emiten declaraciones en las que aplauden al sanguinario; ¡lo felicitan, lo admiran, lo idolatran, se identifican, lo acompañan en su causa, lo vuelven a aplaudir!; y, no conformes, ¡no tienen ni la más mínima vergüenza de hacerlo público!


Incoherencias así son las que a uno le hacen perder toda aquella confianza que tenía sobre la evolución y la calidad de las sociedades contemporáneas, que supuestamente han dejado este tipo de atentados para la historia. Personas así, que irónica y cínicamente hasta se jactan de que “el pasado no volverá”, son igual o más sanguinarias y asesinas que los mismos actores materiales de estos actos de lesa humanidad. Cómo es posible que esta gente ocupe cargos públicos de alta jerarquía en nuestra sociedad, no deberíamos tener la paciencia para soportar ni medio segundo estas atrocidades, y mucho menos para socapar las conductas “subhumanas” que hoy tenemos de sobra. Estos seres son quienes ahora, encima, nos dan lecciones de moral.


Pero volviendo al punto central de mi exposición, debo mencionar que, me consume el alma y la esperanza, ver el desgano de quienes están en la capacidad de tomar acciones (costo-beneficio) para confrontar y combatir la situación desde la política. No es posible que se siga invocando principios como los de soberanía y autodeterminación de los Estados, cuando estamos presenciando una masacre que atenta contra principios mucho más relevantes y fundamentales de la HUMANIDAD.


¿Cuántos hermanos y hermanas, padres y madres, hijos e hijas más tienen que morir? ¿Cuántos casos más de tortura y violación contra la libertad individual y otros bienes jurídicos más tienen que darse? No me explico qué es lo que estamos esperando para intervenir.


¿Queremos otra Alemania de Hitler, otra Libia de Gadafi, otro Irak de Hussein, otra Argentina de Videla acaso? ¿Queremos otra caja de Pandora? ¿Seguimos queriendo que se engrandezca el infierno comandado por esta fracasada “pseudo-revolución”?. ¿Seguimos queriendo a la Venezuela de Maduro? Me pregunto.


Por esta razón, luego de abrir esta caja de Pandora y liberar los males que nos atormentan, lo único que debe quedar, lo único que no se puede escapar, es la Esperanza. Esa esperanza que debemos dejar de atribuirle al destino y empezar a tomarla por nuestras propias manos. Por eso"la esperanza es lo último que se pierde", es lo único que debe prevalecer.

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