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  • Amalia Fernandez-Salvador

Reflexiones sobre la mujer en un Ecuador de hoy


Un ser humano nace. Con todo el esfuerzo del mundo, desde su primer grito, su primer latido de corazón independiente de la madre, es diferenciable. Ya es un ser humano independiente e individual. La persona que lo saca de ese lugar caliente, oscuro y seguro, suelta una exclamación. Una simple pero marcada exclamación: ¡Es una niña! o, ¡Es un niño!


Desde ese punto, todo es distinto. Algunos no entienden esa diferencia; algunos no se dan cuenta de las repercusiones de ese grito individual. La cara de los padres puede ser de preocupación, ante una de estas distinciones, o de felicidad pura, de compañerismo. Todo por una distinción.


De algo hay que estar seguro: esta distinción tiene fundamento real. Unos nacemos con una vagina y otros con pene, en la gran mayoría[1]. Todos desarrollamos vello, pero la distinción irreal comienza al decir que, para unos es normal que crezca sin control; y para otros hay que combatirlo sin pedir explicaciones; “porque hay que ser así”; “porque así te querrán”.


Algunos tenemos una bola en el cuello que parecería noria, pero nunca sabremos para qué sirve en verdad. A otros nos crecen senos, y a otros igual, pero no por el simple crecimiento hormonal sino por otro tipo de crecimiento. En fin: todos somos distintos.


¿Pero porque diferenciarnos? La cara de preocupación o de compañerismo ¿tiene fundamento real? No. No debería. El mundo de hoy; 2018, si tiene aplicación. Un hombre que ve nacer a su hija se preocupa de quién tendrá como pareja, cuantos hijos tendrá, la posible y probable violencia que sufrirá. Un hombre al ver nacer a su hijo piensa en los deportes que jugará, las chicas que conseguirá conquistar, los corazones rotos, y el éxito salarial.


Estos pensamientos no sólo los tienen los hombres, sino las madres por igual, aunque las preocupaciones son distintas. Una madre al ver nacer un hombre de su vientre, piensa en los problemas económicos que tendrá, lo difícil que será ser el sostén de una familia que tendrá que tener, y la probable metida de pata que tendrán que sobrepasar –claro está, todos como familia-.


Una madre al escuchar que tiene una hija, pensará en los vestidos y la ropa que le comprará, en los novios que le romperán el corazón, en los dolores que sufrirá por estar con hombres que pueden ser agresivos, se preocupará del hombre con quien estará y que, si éste logrará hacerla feliz, y más aún, muchas veces, deseará que no le pase lo mismo que ella ha tenido que pasar. ¿Acaso pueden estos pensamientos darse automáticamente, unidos, sin importar cuál fuese la exclamación? Sí, sí es posible. Sin embargo, creo que está en cada uno de nosotros pensar de esa manera, al no hacer distinciones irreales, conociendo aquellas que son materialmente fácticas.


El Ecuador de hoy tiene a mujeres decididas, a mujeres que ya tienen la posibilidad de expresarse de forma casi libre cuando hay una injusticia. Las mujeres de hoy son escritoras, danzantes, trabajadoras, madres, mujeres que cuidan del hogar, médicas y empleadas, cocineras e ingenieras. Aun así, las mujeres del Ecuador de hoy somos nuestras propias enemigas. Nos seguimos criticando entre nosotras, realzando más exclamaciones distintas, acompañadas de aquella primera exclamación. Puta. Feminazi. Alzada. Marimacha. Grosera. Fea. Fácil. Virgen. Todas esas palabras entre signos de exclamación, con tono de odio. Todo entre nosotras. En un mundo que necesita de cambio, es necesario reflexionar cada acción individual que tomamos como individuos, aún en nuestros pensamientos, referidos a que realza aún más la primera exclamación: ¡Es un niño! o, ¡Es una niña!


El día de la mujer no es un día para sólo dar rosas, sino un tiempo de reflexión. Un tiempo de continuar con una batalla social, que no busca dejar muertos ni desigualdades. Busca iguales derechos que fueron desprendidos de todas las mujeres, al momento que ellas nacieron, desde los principios de la historia, por razones distintas, pero que, en el Ecuador de hoy, en el mundo de hoy, ya no son válidas ni tampoco deberían ser aplicables.


Es un día de reflexión para hombres y mujeres, para continuar con una lucha consciente, pero más aún, para hacer un ejercicio de introspección en nosotros mismos. Tratar de mejorar como seres humanos y no incrementar valoraciones a la distinción biológica que nos hace hombres y mujeres. Por lo tanto, a seguir con este proceso de mejorar nuestra situación, ya sea para hombres y mujeres, este es un llamado para todos y todas: mejorémonos para mejorar.


[1] Esta reflexión pretende analizar el sexo mas no el género; a pesar de que la sociedad todavía no distingue claramente las dos; ni tampoco pretende glorificar sociedades heteronormativas, pero analiza la realidad ecuatoriana que es heteronormativa por naturaleza.

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